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10.01.2011

Vientos azules

El Mago Azul, Señor de Ritz de las montañas, no se sentía muy cómodo teniendo que ir a visitar a El Cuarteto Mágico, conformado por cuatro magas del viento. A pesar de que él mismo se consideraba extraño, pensaba que ellas lo eran mucho más... o tal vez era él el más extraño. Nunca lo sabría, pero había algo en ellas que lograban sacarlo de quicio.

Aún así, dado que una gran guerra se aproximaba, le parecía necesario hablar con El Cuarteto, ya que, cuando estaban juntas, su magia era la única comparable a la de él. Tenían poder y sabiduría en su unión. A veces Rowen sentía envidia de esto, pero luego recordaba que no le gustaría depender de otros para usar su poder y que era uno de Los Tres Señores de Ritz... y se sentía mejor consigo mismo, como un niño que recuerda que tiene más dulces en casa que su vecino. Sí, como un niño.

Los picos helados por los que caminaba no eran para nada invitantes, pero el frío era su elemento, y el deslumbrante paisaje blanco del que podía disfrutar era una compensación más que suficiente.

El hogar de las magas de viento se encontraba al pie de una montaña, donde acababan los nevados y el blanco era reemplazado por el verde brillante del pasto. El mago estaba seguro de que usaban magia para mantenerlo tan perfecto.

Deslizó su mano por la gruesa túnica marina y tocó la puerta.

-¿Sí...?
-¿Eres tú, Brisa? Soy Rowen.
-¿Rowen? -la puerta se abrió y dejó ver a una joven vestida con una túnica blanca suelta en algunas partes del cuerpo y apretada en otras. El material también era mucho más ligero que el de la túnica azul- ¡Oh! ¡Eres el mago amargado que vive en una cueva allá arriba!
-¡No vivo en una cueva! Y no soy amargado.
-¿Quién es, Brisa? -se oyó otra voz desde adentro- Oh, el buen Mago Azul -Lisa, quien iba vestida con una túnica igual a la de su compañera, sonrió y lo cogió del brazo para jalarlo adentro. Rowen se quitó la capucha y dejó su vara a un lado antes de ser obligado a sentarse en la mesa, con una taza de té al frente y las otras dos magas sentadas a su costado.
-Hola, Lisa. Hola, Risia. Hola, Vesia...
-Qué oportuna visita -habló Vesia-. Sírvete té, Rowen.
-¿Oportuna? -le dio un sorbo a su taza- ¿Por qué?
-Necesitamos probar nuestra nueva poción -respondió Risia.
-No pienso tomar una poción hecha por ustedes.
-Ya lo hiciste -Lisa sonrió tiernamente.

Rowen bajó la mirada hacia su taza.

-Oh...

La cucharita de su taza tembló un poco y voló a la cara del mago para quedarse ahí pegada.

-¡Funciona! ¡Es magnético!
-Fantástico... -estaba irritado- Y una poción como esta es útil para...
-Divertirnos.

Una cacerola llegó volando desde la cocina y se posó en la cabeza de Rowen con un golpe seco.

-¡Mierda!
-Al parecer el campo magnético se va extendiendo con el tiempo.
-Eso es genial, chicas. En serio...

Las cuatro se quedaron mirándolo con expectativa.

-Ah, claro. La razón por la que he venido a visita...

Brisa rompió en carcajadas.

-Perdón... perdón -se esforzó en decir entre risas-, no puedo... no puedo tomarte en serio así...

Rowen extendió un dedo hacia la boca de Brisa y lo deslizó hacia un costado, sellando sus labios.

-Mucho mejor. Como decía, la razón por la que he venido a visitarlas es la próxima guerra civil. Considero que vuestra magia ritual es muy poderosa y pensé que deberíamos discutir qué va a hacer la comunidad de magos de las montañas. ¿Qué papel deberíamos tomar?
-¿A qué te refieres? -preguntó Vesia- La guerra es asunto de la gente de la ciudad.
-Lo sé, pero es probable que uno u otro bando venga a pedir nuestra ayuda. O que ciudadanos vengan a nosotros pidiendo refugio. Incluso existe la posibilidad de que nos veamos atacados en algún momento. Hay muchos escenarios que deberíamos discutir. Aunque no seamos parte de Ciudad de Ritz, somos parte del continente y no sabemos hasta qué magnitud va a llegar esta guerra.
-¿Ya has hablado con los magos de frío? -preguntó Lisa.
-La mayoría desea mantenerse lejos del conflicto, pero algunos otros afirman que se unirán a un bando por el precio correcto.
-Debemos hablar también con los magos de viento -dijo Risia-, eso déjanoslo a nosotras. Pero recuerda que también están los transmutadores y los invocadores.
-Me dirigía a ver a los invocadores luego de hablar con ustedes.
-Bien, entonces Lisa irá a ver a los transmutadores.

La maga que se encontraba muda se quejó con sonidos inentendibles. Rowen sonrió.

-Entonces reunamos a los representantes de cada tradición mágica. Me pondría en marcha en este mismo instante, pero de verdad me gustaría el antídoto de la poción que me dieron...
-¡La acabamos de descubrir, Rowen! ¿Cómo esperas que tengamos ya un antídoto para ella? -se rió Vesia.
-Haremos lo posible para tenerlo listo a tu regreso, buen Mago Azul -terminó Lisa.

Rowen suspiró. Cogió su vara y salió de la casa.

8.07.2011

Áyax

-Has crecido tanto, mi pequeño Áyax. Tienes la fuerza y el pelaje azabache de tu padre, cuya vida fue arrebatada hace ya tantos años.
>Oh, mi querido cachorro, solo mírate. La determinación en tus ojos no tiene igual, tus colmillos pueden deshacer rocas, tu tamaño es comparable al de las montañas; no hay presa que no puedas capturar ni enemigo al que no puedas vencer.
-Estoy listo, madre. Me he preparado toda mi vida para esta misión, para vengar a Locke, mi padre, maestro del disfraz, astuto entre astutos, cazador de humanos.
-Y gran líder, padre amoroso, quien salió un desafortunado día a buscar alimento para los suyos y terminó lleno de rocas, en el fondo de un río, muerto a manos de un cazador del bosque... un maldito cazador.
-Pero el día del juicio ha llegado, la retribución no puede esperar más.
-¡Cumple tu misión, Áyax! ¡Venga a Locke, tu padre; haz orgullosa a tu madre!
El titánico lobo salió corriendo de la cueva a velocidad cegadora y se dirigió a la colina más elevada del bosque, desde cuya cima lanzó un aullido a la luna desde su corazón. "Siempre contigo, padre." Y retomó la marcha hacia la cabaña en medio del bosque, hogar de un antiguo enemigo, a quien vería por primera y última vez, pues solo uno quedaría vivo.
***
La edad no había hecho sino darle más experiencia al cazador. Su físico se mantenía de manera excepcional, su destreza con el arma de fuego era envidiable; su precisión, mortal.
A pesar de ser uno de Los Tres Señores de Ritz, vivía de manera sencilla, asegurándose de mantener su territorio, el bosque, seguro para los humanos.
Cazaba la comida diaria cada mañana, antes de que saliera el sol, y pasaba el resto del día leyendo algún libro de su aparentemente interminable biblioteca frente al fuego de la chimenea, arriba de la cual había colgada una piel de lobo, trofeo de su juventud.
Sin embargo, desde el momento en el que escuchó aquel aullido profundo, supo que esa no sería una noche tranquila, así que se preparó. Cogió su escopeta y puso su sillón frente a la puerta. Se sentó a esperar.
Comenzó a escuchar las pisadas del lobo en la tierra, cada vez más fuertes, cada vez más cerca. Calculó que en cuarenta segundos habría llegado a su cabaña. Contó... diez... veinte... treinta... silencio.
El cazador se levantó alarmado de su asiento. Se dio cuenta que no tenía la situación bajo control. Comenzó a correr hacia la puerta, pero la pared a su espalda fue destruida brutalmente, y del orificio salió un zarpazo que lo tumbó y le hizo perder la escopeta.
Se reincorporó rápidamente y trató de recuperar su arma, pero el lobo lo volvió a detener. Esta vez lo pegó al piso poniéndole una sola pata encima. Al hombre se le hacía difícil respirar.
-Mírate, cazador, tan frágil, tan débil... Tal vez esperé demasiado tiempo para venir a buscarte, esto es muy fácil..., pero tenía que estar seguro.
-¡Silencio, bestia!
-Claro... ahora yo soy la bestia..., cuando fuiste tú el que asesinó a mi padre.
-Tenía que proteger a esa niña.
-Esa niña era su presa, ganada justamente. Alteraste el orden natural, cazador, por tu orgullo, por querer demostrar que eres un poderoso héroe. Pero mírate... tán frágil, tan débil.
Durante la conversación, el humano había logrado alcanzar su bolsillo, en el que guardaba una daga, sin que Áyax se diera cuenta. En cuanto la tuvo en su poder, la clavó en la carne del animal, el cual saltó hacia atrás y gimió de dolor.
El cazador aprovechó la oportunidad, agarró su escopeta y disparó sin pensarlo dos veces. Pero el lobo ya estaba afuera de la cabaña, escondido en la oscuridad.
Se puso a recargar la escopeta, cuando oyó pasos y el crujir de la madera en el techo. Apuntó hacia el origen del sonido y disparó. Silencio. Tres minutos de silencio. Con cautela el cazador salió de su morada, manteniendo el arma apuntada hacia el techo, pero fue desde atrás que vino el siguiente golpe.
Una vez más era prisionero de la robusta pata de Áyax, pero esta vez se encontraba boca arriba y los ojos de ambos se encontraban.
-Pobre cazador... esto es por Locke.
Las garras, con un solo golpe, destruyeron el cráneo del hombre y dejaron en su lugar una pulpa sanguinolenta y sin vida.

Blanco y negro

"Mi pueblo derrama lágrimas de sangre, lanza gritos de agonía. Y no puedo hacer nada al respecto. Y todo es mi culpa. Fui infantil, egoísta, insensible... traicioné a mi gente, lo perdí todo..."
La Princesa Bianca miraba cómo moría su amada ciudad a través de la ventana de la carroza que huía de aquel lugar para salvar a Su Majestad.
El Caballero Negro, la fiel Alicia, la acompañaba, sentada frente a ella. Ahora que había dejado el yelmo a un lado, podía verse su cabello negro enmarañado cayendo sobre la mitad izquierda de su rostro, medio escondiendo aquella expresión de derrota profunda. Aún así intentó animar a su princesa.
-Este no es el fin, Su Majestad. Lucharé a su lado hasta dar mi último respiro. Acia pagará su traición. El reino será reconstruido -hizo su mejor esfuerzo por sonar creíble. Tal vez, si se lo repetía suficientes veces, ella misma llegaría a creérselo.
-Gracias, Alicia... gracias.